martes, 21 de mayo de 2013

"Ellas pasan, la obra queda" Sabartés

Retrato de Jacqueline Roque, 1954


Jacqueline Roque es la más odiada de las musas de Picasso. Dicen que fue la que encerró al minotauro, la que prohibió la entrada de sus herederos a su funeral. Quien aisló a Picasso hasta su muerte.
Frente a todos estos comentarios, encontramos el libro de Pepita Dupont, La vérité sur Jacqueline et Pablo Picasso, escrito en 2007 por una buena amiga de Jacqueline. El objetivo de este libro es “defender” a la última amante de Picasso de las acusaciones anteriores.

Citamos aquí literalmente un pasaje del libro de Dupont:
“Pero Jacqueline fue muy sensual, y con Picasso la química era inmediata. Había una fuerte complicidad, amor y erotismo. Y en ella, Picasso encontró todo lo que un hombre busca en una mujer: ella era al mismo tiempo su amante, su madre, su hermana, su cómplice y su musa”

Desde nuestro punto de vista, lejos de defenderla, Dupont legitima o justifica aquí la mala fama de Jacqueline. Dice entonces que ella era “todo lo que un hombre busca en una mujer”, y a continuación cita la retahíla habitual de tópicos propios del pensamiento misógino. La mujer que tiene que ser todo para su marido, pues ella por sí misma no es nadie. Su existencia sólo cobra sentido al ser en, su objetivo es convertirse en el perfecto atributo del hombre, y el amor que sienta hacia él debe ser enfermizo e incondicional. En un sucio juego freudiano se nos educa para recoger el testigo de la madre cuando esta ya se ha hecho demasiado mayor para encargarse del hombre

Y qué curioso aun así que asumiendo numerosos roles-responsabilidades y cuidando al hombre (porque una buena mujer cuida a su hombre), la mujer es el sexo débil, la que necesita protección. Una protección por la que pagamos un precio muy caro, incluso el más alto posible. Y después de todo, la única virtud de Jacqueline, como la de todas las musas de Picasso (excepto la audaz Françoise) fue aguantar. Aguantar a Picasso y sus desmanes, infidelidades, manipulaciones, maltratos.

Tan sólo hay que atender a lo que le dijo Picasso a Jacqueline al entrar en su casa tras haberse casado: “Has entrado en sacerdocio, me llamarás monseñor”. Estas dementes palabras no dejan ver sino la terrible carencia emocional que tenía el genio de Málaga, comportamiento enfermo que llevó a sus amantes a la locura, o al suicidio como en el caso de Jacqueline, quien en 1986 se pegó un tiro.

De nuevo se repite entonces el rol de minotauro (cuando se conocieron él tenía 71 años y ella 27) por el que Picasso anula completamente a la mujer que tiene a su lado y la somete hasta las últimas consecuencias, pues recordemos que su frase favorita era: "Yo, Picasso".




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